Por Mario Álvarez Porras
Hay preguntas que preferimos no hacernos porque conocemos la respuesta. ¿Cuánto tiempo le dedicamos a nuestros padres? ¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos a escuchar una historia de nuestros abuelos sin mirar el teléfono, sin tener prisa y sin pensar en lo que sigue? ¿En qué momento comenzamos a creer que siempre tendremos otra oportunidad para visitarlos?
A veces necesitamos que una historia nos detenga para comprender aquello que la rutina nos ha hecho olvidar. Eso es lo que propone Lecciones de otoño, la película del escritor y productor camarguense Iván Eduardo López Campos, que llegó a las salas de Cinépolis y que merece nuestra atención antes de que concluya su exhibición, prevista hasta el 4 de noviembre.
No se trata solamente de recomendar una película. Se trata de invitar a una conversación que muchas familias tienen pendiente.
La historia nos coloca frente a una realidad incómoda: la soledad que pueden experimentar nuestros adultos mayores mientras el resto del mundo continúa apresurado. En medio de las obligaciones laborales, las preocupaciones económicas y las responsabilidades familiares, podemos llegar a considerar que nuestros padres y abuelos estarán ahí indefinidamente, esperando a que encontremos un espacio en la agenda para visitarlos.
Pero el tiempo no funciona de esa manera.
La película entrelaza las vidas de don Alfonso, un hombre mayor que vive apartado de la sociedad, y Gerard, un niño que atraviesa la pérdida de su padre. Dos generaciones distintas, marcadas por el dolor, encuentran en el encuentro con el otro una posibilidad de recuperar algo que parecía perdido. Es precisamente ahí donde la historia adquiere una dimensión humana: en la posibilidad de acompañarnos, incluso cuando creemos que ya no tenemos demasiado que ofrecer.
Hay una lección que nuestra sociedad necesita recordar. Envejecer no significa dejar de ser importante. Cumplir años no cancela el derecho a sentirse acompañado, escuchado y querido. Nuestros adultos mayores no son una responsabilidad que debamos tolerar ni una etapa de la vida que podamos apartar de nuestra vista. Son personas con historias, conocimientos, recuerdos y afectos que merecen un lugar en nuestras familias y en nuestra comunidad.
Y, sin embargo, basta observar nuestra vida cotidiana para reconocer una contradicción. Decimos amar a nuestros padres, pero a veces postergamos sus llamadas. Afirmamos querer a nuestros abuelos, pero encontramos cualquier pretexto para no visitarlos. Nos prometemos que iremos el próximo fin de semana, que hablaremos con ellos cuando tengamos menos trabajo o que pasaremos más tiempo juntos cuando las cosas se tranquilicen.
El problema es que la vida rara vez se tranquiliza por sí sola.
Siempre habrá pendientes, compromisos y nuevas preocupaciones. Siempre encontraremos algo que hacer antes de sentarnos a conversar con quienes nos vieron crecer. Por eso, el verdadero desafío no consiste en esperar a tener tiempo, sino en comprender que debemos hacerles un espacio en nuestra vida.
La historia detrás de Lecciones de otoño también tiene un origen profundamente personal. Iván López Campos escribió la novela homónima en 2017, después de conocer el diagnóstico de cáncer de su padre. La escritura se convirtió entonces en una manera de acompañarlo durante una etapa difícil. Años después, aquella historia trascendió las páginas del libro y llegó al cine, transformándose en una oportunidad para que miles de personas reflexionen sobre la vejez, la pérdida y la importancia de los vínculos humanos.
Que esta producción tenga como responsable creativo a un camarguense es también motivo de reconocimiento. En una industria donde las producciones independientes enfrentan importantes dificultades para llegar a las salas comerciales, llevar una historia de esta naturaleza a la pantalla grande representa un esfuerzo que merece ser acompañado por el público.
Pero hay algo más importante que su origen y su llegada a los cines: el mensaje que puede dejar en quienes la vean.
En estas fechas, cuando muchas familias se preparan para recordar a quienes ya no están, la película adquiere un significado especial. El Día de Muertos nos invita a mantener viva la memoria de nuestros seres queridos, a recuperar sus fotografías, preparar sus platillos favoritos y contar las historias que nos dejaron. Sin embargo, también debería invitarnos a mirar a quienes todavía tenemos la oportunidad de abrazar.
Porque recordar a quienes murieron es una forma de mantenerlos presentes, pero acompañar a quienes siguen con nosotros es una manera de demostrarles nuestro amor en vida.
Quizá esa sea una de las reflexiones más valiosas que podemos llevarnos de esta historia: no debemos esperar a que una ausencia nos enseñe el valor de una presencia.
Por eso, mi recomendación es sencilla: vayan a ver Lecciones de otoño. Si pueden, háganlo con sus padres o sus abuelos. Si ellos ya no pueden acompañarlos, vayan con sus hijos, hermanos o amigos. Después de la función, conversen sobre lo que sintieron, sobre los recuerdos que despertó la película y sobre el tiempo que desean dedicar a las personas que aman.
Y si al salir del cine sienten la necesidad de llamar a alguien, de visitar a sus padres o de sentarse un rato con sus abuelos, no lo pospongan.
Háganlo ese mismo día.
La película estará en cartelera hasta el 4 de noviembre. El tiempo para verla en el cine tiene una fecha límite; el tiempo que dedicamos a nuestros seres queridos, en cambio, es una decisión que podemos tomar todos los días.
Al final, no se trata de cuántas veces decimos que queremos a nuestros padres y abuelos, sino de cuántas veces se los hacemos sentir.
Porque llegará el día en que daríamos cualquier cosa por escuchar una vez más sus consejos, por compartir una comida con ellos o simplemente por sentarnos a su lado sin necesidad de decir una sola palabra.
Y entonces comprenderemos que algunos de los momentos más importantes de nuestra vida parecían, en su momento, demasiado ordinarios para darles importancia.
No esperemos a extrañar a nuestros mayores para reconocer lo que significan. A veces, una película basta para recordarnos que todavía estamos a tiempo.


