EL TALÓN DE AQUILES DE C.S.P.
Un Opinión Alternativa
Por Carlos O. Silva Bandala
Entre la acusación global y la retórica del consumo, la Presidenta señala los vicios de una sociedad estadounidense para equiparar la denuncia internacional que sitúa a México como el epicentro del narcotráfico.
PRETERICIÓN
“Nosotros podríamos decir que es muy difícil vivir junto a un país con un alto nivel de consumo de drogas ilícitas, pero… no lo voy a decir”.
La Presidenta reaccionó de manera irónica a los señalamientos del presidente Donald Trump ante la ONU, donde catalogó a México como el “epicentro” de la violencia de los cárteles. Trump define a México como el punto donde se genera el problema y desde el cual se expande hacia Estados Unidos y otras partes del mundo.
Desde el análisis del discurso político, la respuesta de la mandataria no constituye una contradicción improvisada, sino la ejecución precisa de una preterición o paralipsis, figura retórica que consiste en declarar formalmente la omisión de un argumento mientras, en ese mismo acto, se expone con claridad.
Mientras el presidente de Estados Unidos se refiere a un grupo criminal específico —los narcotraficantes—, la respuesta presidencial de Claudia Sheinbaum escala el conflicto, desde esta perspectiva, al involucrar a la sociedad civil del vecino país.
Calificar, de manera implícita o explícita, a la población estadounidense como una sociedad de adictos cruza una línea delicada en la diplomacia, ya que personaliza y criminaliza el tejido social del principal socio comercial de México.
La gravedad de la respuesta presidencial radica, precisamente, en que al involucrar a los ciudadanos estadounidenses en una confrontación relacionada con la seguridad nacional, mediante un recurso retórico para eludir la pregunta incómoda, se recurre a una respuesta simplista: “allá consumen”.
En lugar de concentrarse en la discusión sobre las organizaciones criminales, el argumento desplaza el foco hacia la sociedad del vecino país.
Una vez más, desde esta óptica, se incurre en un error diplomático al no observar el principio de no involucrar a las poblaciones civiles en disputas gubernamentales. En un contexto binacional, este tipo de declaraciones puede generar resentimiento no solamente entre sectores de la clase política de Washington, sino también entre ciudadanos estadounidenses que se sienten señalados por estos argumentos.
La Presidenta, sostiene este análisis, les habría entregado “en bandeja de plata” a los sectores más radicales del Congreso de Estados Unidos un argumento para justificar eventuales medidas coercitivas unilaterales, bajo la premisa de que el Gobierno de México no toma con suficiente seriedad el combate al crimen organizado y prefiere responsabilizar a las víctimas de las adicciones.
El tiempo dirá cuáles serán las consecuencias políticas y diplomáticas de esta confrontación retórica.
LA DEBILIDAD DEL DISCURSO
En esta desviación discursiva, la Presidenta de México muestra, a juicio del autor, un síntoma de debilidad analítica e institucional; una patología estructural que parece consolidarse como sello de su forma de gobierno.
Lamentablemente, desde esta perspectiva, su limitada visión política y diplomática incurre en el clásico error de aquellos regímenes altamente condicionados por sus propias certezas: asumir que la intuición política es suficiente para resolver problemas de alta complejidad, como la seguridad transnacional o la diplomacia bilateral.
Cuando la confianza excesiva en las propias percepciones choca con la realidad territorial o con las presiones externas —como los señalamientos del presidente Trump—, el resultado puede convertirse en una improvisación defensiva.
Por supuesto, sostiene el autor, un Estado es tan fuerte como la calidad de las mentes que asesoran a quienes toman las decisiones.
Lo que hemos podido observar en la retórica presidencial es que, al renunciar al pensamiento estratégico especializado y experimentado, la improvisación termina institucionalizándose.
Esta retórica presidencial muestra, según esta interpretación, una debilidad analítica derivada de la ausencia de un diagnóstico suficientemente sólido y de un equipo de asesores con experiencia para sostener un debate técnico y político de carácter binacional.
El camino elegido sería, desde esta perspectiva, particularmente delicado: involucrar en una disputa criminal a la población civil, un actor ajeno al conflicto institucional entre gobiernos y agencias de seguridad.
EL TABÚ GUBERNAMENTAL
LO QUE LA PRESIDENTA NO DICE
La Presidenta evita, según el autor, pronunciar acciones contundentes contra los narcotraficantes, porque en la narrativa oficial parece privilegiar la confrontación ideológica o moral con Estados Unidos antes que reconocer la crisis de gobernanza interna.
Que la sociedad estadounidense enfrente una severa crisis de adicciones es una realidad ampliamente documentada. Sin embargo, señalarlo con ironía puede operar, desde esta perspectiva, como una coartada para desplazar la discusión sobre las exigencias del Gobierno de Trump: atacar de manera frontal las estructuras profundas del narcotráfico en México.
La Presidenta Sheinbaum, sostiene el autor, prefiere el argumento retórico y moral antes que asumir el costo político de reconocer que el crimen organizado compite directamente con algunas funciones básicas del Estado en diversas regiones del territorio nacional.
LA REALIDAD HEREDADA
El Gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum heredó un territorio con una importante presencia e influencia del narcotráfico. No se trata únicamente del tráfico de drogas, sino también de una posible gobernanza criminal paralelaque afecta la soberanía local, la economía formal y la seguridad ciudadana en diversas regiones del país.
Si bien la existencia de un mercado externo explica una parte importante del negocio, la persistencia del narcotráfico también está relacionada con fallas internas del Estado mexicano.
El fenómeno del narcotráfico es, sin duda, un problema complejo que trasciende fronteras y que, además, se ha convertido en una crisis de gobernanza y de ética pública.
La retórica oficialista no debería utilizar el mercado estadounidense de consumo de drogas como un escudo para evadir sus propios pasivos.
En la cruda realidad de esta dinámica criminal, la sabiduría popular ofrece una expresión contundente: “Es tan criminal el que amarra la pata como el que mata la vaca”.
Existe una responsabilidad que corresponde a cada gobierno en la parte que le toca. Sin embargo, por lo que respecta al Gobierno de México, existe también la obligación de actuar con firmeza frente a las estructuras criminales que participan en la producción, distribución y tráfico de drogas.
Esta postura resulta, desde la perspectiva del autor, impostergable ante una realidad humanamente atroz, especialmente cuando el Gobierno de Trump ha colocado a México en el centro de sus acusaciones relacionadas con el tráfico de drogas.
LA SOBERANÍA NO ES UN CHEQUE EN BLANCO
La soberanía —convertida, en palabras del autor, en una “cantaleta presidencial”— no otorga un cheque en blanco para la indolencia cuando la realidad y la supervivencia de miles de seres humanos están de por medio.
En ese sentido, las fronteras se vuelven secundarias frente a la dimensión humana del problema. La complicidad, la tolerancia o la omisión ante la producción y el envío de sustancias ilícitas pueden convertir al Estado en corresponsable político de una tragedia que no distingue nacionalidades.
La era de la negociación heredada y de la estrategia de “abrazos, no balazos”, sostiene el autor, debe terminar de raíz.
El Estado mexicano debe asumir el combate contra las organizaciones delincuenciales dedicadas al narcotráfico, así como contra las estructuras financieras que permiten la generación, circulación y lavado de dinero proveniente de actividades criminales.
Se trata de un compromiso diplomático, humanitario, de seguridad nacional y de gobernanza. Son imperativos que, desde esta perspectiva, la Presidenta de México no puede eludir.
Esta firmeza resulta crucial para responder a acusaciones como las expresadas por Donald Trump en la Asamblea General de la ONU: un señalamiento realizado ante el escrutinio internacional y que, por su naturaleza, representa un desafío geopolítico de escala global.
UNA CRISIS QUE TRASCIENDE LA POLÍTICA
Más allá de la responsabilidad política y de gobernanza de la Presidenta, cabe preguntarse: ¿acaso su propia responsabilidad como jefa de Estado no le exige reconocer que la violencia, las violaciones a los derechos humanos y la afectación de comunidades civiles elevan el problema a la dimensión de una crisis humanitaria?
Resulta difícil comprender, sostiene el autor, que la Presidenta no cuente con un cuerpo suficientemente sólido de especialistas en relaciones internacionales, seguridad global, diplomacia y análisis estratégico que contribuya a enfrentar un problema de semejante complejidad.
La dimensión del desafío exige algo más que respuestas coyunturales. Requiere estrategia, información, experiencia diplomática y capacidad para anticipar las consecuencias de cada declaración y de cada decisión.
CUANDO LA HISTORIA DESNUDA LA RETÓRICA QUE LA MITOLOGÍA YA NOS ADVIERTE
El talón de Aquiles del Gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo puede entenderse, en la metáfora utilizada por el autor, como aquel punto vulnerable que permanece oculto detrás de una aparente fortaleza.
Al igual que el héroe mitológico cuya invulnerabilidad terminó dependiendo de un único punto débil, en la literatura y en el análisis político el “talón de Aquiles” se ha convertido en una metáfora universal de aquella debilidad desatendida que, pese a la fortaleza aparente de un individuo o de un gobierno, puede convertirse en el punto desde el cual se produzca su caída.
Según la mitología griega, Aquiles fue sumergido por su madre, la ninfa Tetis, en las aguas del río Estigia, con la intención de hacerlo inmortal. Sin embargo, para poder sumergirlo, Tetis tuvo que sostenerlo por el talón.
Las aguas sagradas cubrieron su cuerpo, excepto aquella pequeña zona que permaneció seca y, por lo tanto, vulnerable.
La metáfora resulta pertinente para el análisis político: incluso el poder que parece más sólido puede contener un punto débil.
Ante advertencia no hay engaño.


